Desde la ventana de su habitación en la casa familiar del condado de Down, James Carson se acostumbró desde niño a contemplar los perfiles nebulosos, los cambiantes verdes y azules de Strangford Lough mientras fabulaba mares más lejanos y acentos más exóticos. Su imaginación pronto prefirió los relatos y leyendas de criados y marineros y los juegos entre las ruinas celtas a las exigencias de la educación destinada a los jóvenes de la aristocracia irlandesa.
La severidad de las aulas, la tradición y las expectativas paternas no pesaron en su ánimo con la fuerza de las palabras de Jack Gilligan ,el buhonero, una tarde en un pub de Lisburn: “Muchacho, las cosas pueden pintar bien o mal, pero sólo tú eres el dueño de la cara que vas a poner. Nada está escrito”. Mientras se marchaba riendo, lanzó al aire dos dados: “¡Son tuyos, muchacho¡” , le dijo.
Carson los miró y comprendió que él también comenzaba a alejarse.
La mañana del 16 de enero de 1928, las aguas plomizas y densas del puerto de Plymouth despedían al Excelsior. El pasaje, en popa, miraba la ciudad desdibujarse.
En proa, solo, un hombre joven de aspecto enérgico y cordial, sonreía. Atrás quedaban caminos ya trazados, una posición envidiable, un apellido.
Muchos no lo entendieron. “Un futuro por la borda”, fue el comentario general.
Mientras sentía el azote del viento salado en la cara, James Carson repasó sus posesiones: lo que sabía, lo que sentía y lo que quería. “Más que suficiente”, pensó, y apretó con fuerza los dados que siempre llevaba consigo.
Nunca regresó.
A su muerte, en 1943, la historia del irlandés que encontró los galeones hundidos de la Compañía de las Indias Orientales y enjoyó a sus hombres con la plata de los tesoros sumergidos, al igual que lo hicieran los antiguos piratas indonesios, circulaba entre los marineros de la costa norte de Java como una leyenda. Se hablaba de un antiguo tatuaje corsario en su brazo derecho y del apodo, Plata de Palo, con el que le conocieron sus amigos.
Diez años más tarde, una joven de rasgos orientales llegó sin compañía a Strangford Castle . Erguida junto al lago, dejó pasar unos minutos. Luego, desabrochó algo que rodeaba su muñeca, lo acercó lentamente a sus labios y lo lanzó al agua. Los rayos rojizos del atardecer lo hicieron brillar antes de hundirse. “Nada está escrito”, dijo Andrea Carson, y sintió que ese mar también era su mar.
Las pulseras de maderas preciosas, plata y seda fueron durante décadas el distintivo de aquellos que, como Carson y su tripulación, lejos de la seguridad que inmoviliza, aceptaron el desafío de inventar sus propias normas, amaron la aventura porque en ella se reconocían vivos.
La leyenda continúa...
“Necesito hombres. Doce serán suficientes. Pongo el barco y la comida. No tengo nada más. Iremos a partes iguales.”
Aquel ofrecimiento podía ser una promesa sincera o la mayor de las trampas. Todos lo sabían. Nadie se movió. El aire cargado de humo se hizo aun más espeso. El Excelsior, fondeado en la bahía, esperaba.
Si Juan de Mengíbar no le hubiera mantenido la mirada y se hubiera levantado pausadamente para colocarse a su lado, James Carson no habría conseguido tripulación en ninguna de las tabernas del condado de Down.
Pero Juan de Mengíbar salió de la sombra del fondo del local. Uno a uno, once hombres dieron un paso al frente.
Si hay algo que hace a un hombre confiar en otro, James Carson y Juan de Mengíbar lo comprendieron en aquel momento. Jamás lo olvidarían.
Juan de Mengíbar nunca parecía tener prisa. Tampoco mal humor. Ni las tormentas ni la malaria ni el paso del tiempo consiguieron alterar su calma y su media sonrisa. Era la herencia de sus primeros años en la sombra de las calles de la judería cordobesa, en el silencio concentrado del taller de platería que su padre heredó del suyo y éste a su vez de una larga cadena de antepasados.
Conservó el oficio que aprendiera de pequeño y al atardecer, en la proa del Excelsior, trabajaba la plata que luego adornaría a la tripulación.
Sólo una vez James Carson lo vio palidecer conteniendo la ira. Fue en Timor. El día había sido productivo. Siempre se hacían buenos tratos con los mercaderes indios. Y su cortesía era exquisita. En señal de amistad, Juan de Mengíbar ofreció al patrón del Madrás una hebilla de plata repujada. Él recibió un saquito de espejuelos lleno de turquesas, bolas de hueso, piedras, asta de búfalo y pieles.
Un marinero, borracho, se rió,
” Baratijas para engañar a los niños y a los tontos”
Juan de Mengíbar sacó una bola de hueso, la acarició, su tacto era aún rugoso,
“ El universo entero cabe aquí, esperando una huella, desconocido y lleno de sorpresas. Como se labra una cuenta, se doma el corazón. No es tarea de niños ni de tontos. No lo olvides.”
Durante años, circularon mil explicaciones para su parche en el ojo. Se habló de un duelo, de un amor maldito, de una emboscada en una callejuela de Córdoba, de un acto de valor para defender a un hermano, de una huída. Se dijo que era sólo un adorno. Él nunca dijo nada. Nada en claro. Parte de la leyenda.
Un cargamento de madera esperaba a James Carson en las montañas Barisan. Había contratado una manada de elefantes y un guía. La cita era en Padang, en el puerto. Una muchacha se acercó. Los elefantes que dormitaban entre balas de paja siguieron sus pasos con la mirada. Cuando Carson la tuvo delante todo quedó en suspenso: la agitación mestiza y bulliciosa del mercado, los gritos de los vendedores en sus puestos, los reflejos del nácar y del bronce, todo salvo sus ojos.
- Soy Neha. Te llevaré a las montañas.
- ¿Tú sola?, ¿no tienes miedo?
Ella negó con la cabeza. Durante un instante, un reflejo burlón le iluminó el rostro. A un gesto de su mano, un robusto elefante se interpuso entre ellos. Seguro, firme, desafiante. Era Dwipa, el jefe de la manada. Carson comprendió que Neha no tenía nada que temer.
Durante varios días, guiados por Neha, Carson y la tripulación caminaron hacia las montañas. Una tarde, al declinar el sol, se detuvieron en un bosque de bambú. Era un alto obligado para todas las caravanas. Durante siglos, los hombres habían grabado en los tallos sus nombres a cuchillo.
¿Vas a escribir tu nombre?
¿Por qué dejar memoria?, preguntó Carson, ¿lo harás tú?
Está escrito hace tiempo.
Carson calló. No sabría que poner… ¿James Carson?, ¿el irlandés?, ¿plata de palo?
Ninguno era completamente él mismo. Todos juntos eran demasiado.
Llegaron a las montañas, cargaron la madera, volvieron a Padang. En el puerto, al despedirse, Neha le tendió un amuleto de hueso de elefante.
- Toma, es cuanto sé de ti.
Carson lo cogió y observó los grabados de la pequeña pieza circular. Una línea quebrada, tal vez olas o el perfil de una cordillera, un cuadrado, una cruz, una punta de flecha, un punto que se hundía preciso en la superficie pulida… sólo reconoció su tatuaje.
Un hombre rodeado de signos que no entiende, un país extranjero, una muchacha que calla porque sabe demasiado o demasiado pronto. La expresión de Neha también era un enigma.
-¿Volveremos a vernos?
- Ven cuando descubras qué significa.
Más tarde, en cubierta, mirando el amuleto, Carson pensó que aquel punto inquietante, fijo e incisivo era la mirada de Neha. Que de su fondo oscuro, al igual que de los ojos de la joven, nacían las preguntas que tendría que responder tarde o temprano.
Juan de Mengíbar fundió la pieza en plata. Los marineros la llamaron la moneda de Carson.
La tormenta llegó sin avisar. En la oscuridad, el ruido era ensordecedor y el mar barría la cubierta. Una ola gigantesca abrió una vía de agua. Aunque los hombres hicieron todo lo posible, el Excelsior estaba herido de muerte y en medio de la nada. A la luz de un relámpago, Juan de Mengíbar vio a Carson acariciar el mástil de proa como quien pasa la mano por un caballo viejo que hay que sacrificar, un animal cansado y querido que ya no puede llevarnos a ninguna parte y al que se dice adiós. A pesar de que el barco se iba a pique y había que abandonarlo, parecía extrañamente feliz.
Cuando amaneció, el bote bogaba hacia la playa. Durante las horas que duró la travesía, Frank Castello y John Good se turnaron al mando. Llevaban muchos años navegando juntos y su sincronía era perfecta. Nadie habló durante el viaje, tampoco al pisar la arena. Bajo la primera línea de palmeras, buscaron un lugar para dormir y confiaron al sueño los temores de la noche y la inquietud del día siguiente.
Carson despertó al atardecer. Escarrabelli y Merlone canturreaban mientras asaban pescado recién cogido. Inseparables desde su infancia napolitana, los dos primos conservaban intacto el aire pícaro y la simpatía canalla de las calles del sur y compartían una merecida fama de tahúres y conquistadores. Unos cuantos hombres aún dormían. Carson miró alrededor y comprendió que lo importante estaba salvado. Juan de Mengíbar se acercaba.
Necesitamos víveres. He mandado algunos hombres al interior. Hay dos o tres aldeas cerca. Nos ayudarán, dijo Juan de Mengíbar.
Hay que volver a Padang. Hay un barco que quiero que veas.
La noche pasada, junto al mástil…
La noche pasada…
Era una despedida…
Durante estos años, el Excelsior ha sido lo único que me ataba al pasado.
¿Una carga pesada?
Carson tardó unos segundos en responder. Quizá buscaba las palabras adecuadas, tal vez era difícil decir en voz alta lo que durante años guardó como un secreto.
No lo supe hasta que comprendí que el barco se hundía. Toda mi infancia soñé con escapar de casa. Mi padre es un hombre ensimismado, tiránico y cruel, un hombre de otro tiempo. Pero no lo intenté. Mi marcha habría dejado a mi madre aún más desprotegida. Cuando murió, un viejo criado me entregó un dinero que ella había guardado a escondidas. Quién sabe desde cuándo y con qué esfuerzo. Y una nota: “James, cuando leas esto, tú y yo seremos libres. Vete, hijo mío, deja este lugar. Al darte la vida no pensé que tardarías tanto tiempo en recuperarla.” Con ese dinero compré el Excelsior. No he podido olvidar que era el precio de su sufrimiento.
Hay un puente en la isla, y tiene una hermosa leyenda -dijo Juan- quien lo cruza, debe coger una piedra de la orilla y colocarla junto al corazón. Darle calor y poner en ella el peso de cuanto quiera dejar atrás. Al llegar al otro lado, ha de arrojarla al río. Dicen los nativos que cuando las piedras alcancen tal altura que el río no pueda pasar sobre ellas, los hombres serán totalmente felices.
Nunca entonces.
Todo depende de cuántos hombres quieran dejar atrás el pasado.
Juan, a pesar de la muerte de mi madre, de la pérdida del Excelsior…
Ya no hay dolor…
Sí. Ya no hay dolor.
A veces, la cercanía de la muerte nos regala toda una vida, el sentido de toda una vida.
Juan de Mengíbar guió a Carson hasta el puente. Y esperó. Cuando Carson volvió, Juan puso en su mano la cruz de la calavera. Cinco cuentas de ébano y una calavera de plata.
Norte, sur, este y oeste. La muerte, en medio. Pero el mundo es tuyo.
Carson sonrió. Juan nunca dejaría de sorprenderle.
- Por cierto, el barco se llama Made’s.
Caminaron juntos hacia la playa. Había que reunir a los hombres y volver a Padang. Un barco esperaba en el puerto, el Made’s, que significa el segundo.
james carson recibe noticias desde irlanda.su hermana claire le envía un paquete con una carta y una caja que contiene objetos personales de su madre que hacen aflorar recuerdos y emociones pasadas.
Aquella tarde, al desembarcar en Surabaya, el ánimo de la tripulación era espléndido. Tras una escaramuza con un barco pirata de Madura, volvían alegres y exaltados por el botín, las famosas calaveras talladas en asta de ciervo que los corsarios llevaban al cuello como símbolo de su fiereza y que Juan de Mengíbar guardaba en su bolsa de cuero. Entraron en una taberna del puerto.
“Tengo algo para ti, irlandés”, dijo Marcus Stanley, un comerciante de maderas exóticas, viejo amigo de Carson y a cuya oficina llegaban las escasas cartas y envíos que recibían los europeos que operaban en Java.
Un paquete cuidadosamente atado y lacrado y su nombre escrito con la inequívoca caligrafía vigorosa de Claire. Carson tomó asiento. Bebió junto a sus hombres, que contaron a cuantos quisieron escuchar el encuentro con los piratas. Al anochecer, volvieron al barco. Cuando oscureció, sentado junto al mástil, Carson abrió el paquete. Una caja y una carta. Por un momento dudó. Luego, abrió la caja. En la negrura de la noche, apenas iluminado por una bujía, el espejo de plata de su madre no pudo devolverle el reflejo de la emoción que empañó sus ojos al volver a sostenerlo entre las manos. El álbum de fotos familiar reposaba en el fondo de la caja. Caras conocidas y en su mayoría olvidadas. Pasó las hojas con rapidez hasta encontrar retrato de Claire dispuesta para su primer baile, feliz, conteniendo a duras penas la sonrisa. Sobre el blanco del vestido destacaba el collar de granates que su madre le prestó para la ocasión. Durante unos minutos, no pudo apartar la vista. Cuando lo hizo, desgarró el sobre con mano temblorosa y sintió la voz de su hermana al leer: “Querido James, Lord Brian Carson ha muerto. Una mañana ya no se levantó. No puedo llamarle padre, no lo fue. Las lágrimas que he derramado no han sido de dolor. He llorado por mamá, por ti y por mí. Por los esfuerzos que los tres hicimos por mantenernos al margen de su influjo. Te envío unas viejas imágenes que no quiero mirar. Decide tú si el fondo del mar es su destino. Mi vida, desde ahora, se llena de paisajes alegres y caras sonrientes. Quiero que conserves el espejo de mamá, aquel en que cuando éramos niños nos dejaba mirarnos porque decía que sólo reflejaba lo bueno. Suerte, hermano, y todo mi afecto. Claire.” El salitre del mar parecía haberse adueñado de los labios de Carson. Pero eran lágrimas. Cálidas y mansas lágrimas por el recuerdo de Claire que pronto dieron paso a otros más lúgubres.
Lord Brian Carson, conde de Down, nunca tuvo amigos. Ni siquiera lo intentó. Tampoco los echó de menos. Prefirió crear a su alrededor un oscuro círculo de odio y miedo para asegurarse la sumisión más ciega. Su familia no fue una excepción. Su tardío matrimonio con Dorothy O’Connell respondió al cálculo más que a cualquier otra consideración. Los O’Connell estaban arruinados, él era rico y quería descendencia que prolongase su apellido. El cortejo se redujo a una conversación mercantil con su futuro suegro y el compromiso quedó sellado con un frío apretón de manos del que ni siquiera la novia fue testigo.
Dorothy aceptó el mandato paterno que aseguraba la supervivencia familiar y tras una boda triste y sin invitados, se trasladó a la que sería ya para siempre su casa, una mansión enorme y desangelada. Si alguna ventaja tuvo el carácter vesánico y brutal de su marido fue la de concitar en torno a ella la sincera devoción de cuantos la trataron.
Tras el nacimiento de Claire, la primogénita, Lord Brian se volvió aún más taciturno. Quería un hijo, se sintió decepcionado y se negó a prestar la mínima atención a aquella criatura sonriente que al empezar a andar nunca encontró los brazos de su padre esperándola. La llegada de James, tres años más tarde, no atenuó un ápice su disposición, antes más se empleó en hacer del niño una réplica de sus obsesiones, de su aislamiento, de su rigidez.
James creció vigilado de forma permanente por su padre, que no desaprovechó ocasión para imponerle los retos más duros, para emplear con él la más estricta severidad. Las mañanas, que Lord Brian dedicaba a la administración de sus fincas, constituían el único espacio de felicidad para el resto de la familia. Dorothy, Claire y James jugaban, reían y se abrazaban con la certeza de que era un tiempo robado a la sordidez del resto del día.
A la vez que diseñó el plan de estudios de James, Lord Brian decidió convertir al niño, que a su juicio manifestaba un preocupante apego a su madre y a su hermana, en un gladiador. Rugby y boxeo fueron las disciplinas escogidas. Algo más tarde llegó la esgrima, una concesión a la creciente moda entre las clases altas. James disfrutó de la compañía de otros jóvenes en las largas sesiones de entrenamiento y los partidos de rugby, con el juego inteligente de la esgrima, pero nunca consiguió sentirse a gusto boxeando bajo la atenta mirada de su padre, que más allá de las normas, exigía de él el comportamiento de una bestia sanguinaria, como si el único resultado aceptable del combate fuera la humillación y el aniquilamiento del adversario.
La atmósfera del gimnasio era asfixiante. La velada había congregado a varias decenas de espectadores que una vez realizadas sus apuestas, fumaban y bebían parsimoniosamente de sus petacas. Era un combate más. Sólo a Lord Brian Carson, agarrado a las cuerdas del ring, parecía irle la vida en ello y gritaba enfurecido:
“ ¡Usa la izquierda! ¡Usa la izquierda! ¿Es que no puedes verlo? ¡Mata a ese inútil de Maturin!¡Mátalo ya!”
Los parroquianos, acostumbrados a su comportamiento, apenas reparaban en él, pero su voz taladraba los oídos de James, la cabeza le estallaba. Quiso dejar de escuchar sus gritos que llegaban como de un mal sueño, deseó que callara para siempre, de una vez por todas. Y usó la izquierda con toda la fuerza de que fue capaz. Cuando la sangre caliente de Henry Maturin le salpicó en el hombro, James pareció recuperar la conciencia. Y lo hizo para ver a su amigo desplomarse irremediablemente inerte sobre la lona.
James nunca quiso a su padre, pero intentó mantenerse indiferente. La muerte de Henry hizo aflorar la ira larvada y contenida. Aquel tirano había hecho de él un ser sin voluntad, sin el coraje suficiente para decir no. James abandonó su rutina anterior. Dos o tres garitos de mala nota se convirtieron en su casa y un puñado de amigos desocupados fueron su compañía durante meses. Gritó a su padre cuanto había callado durante años, le arrojó a la cara los guantes de boxeo y por primera vez, Lord Brian no supo qué contestar. Poco después, Dorothy moría y James decidió escapar. Un barco, otros lugares, otra vida. La suya.